
Imagen gracias a: El País (América)
Jesús de Miguel y el golpe que desmonta la ilusión del fútbol
Nadie está libre de un accidente y, cuando la tragedia irrumpe en un estadio, el desconcierto se vuelve inevitable. Ante tanto dolor, la búsqueda de culpables no devuelve a nadie.
La muerte siempre está presente, pero cuando aparece donde no se la espera, su impacto resulta especialmente duro. Un estadio reúne emociones que van de la alegría a la tristeza, de la rabia a la injusticia, del orgullo a la humillación. Todo ocurre desde una sensación de inocencia, como si lo que sucede en el césped no tocara lo esencial de la vida. Esa pasión, sin embargo, puede ser ingenua: la muerte no encaja en ninguna explicación y deja a quienes miran sin palabras ante una conmoción así, como sucede cuando chocan realidades de naturaleza distinta.
El fútbol suele presentarse como lo contrario a la muerte. No ofrece revancha ni consuelo en una próxima temporada: es vida en forma de cumbre emocional, un refugio que rompe con lo cotidiano y aleja, por momentos, de la realidad. Hay vida en la vocación de la profesión, en los sueños que empujan a avanzar cada temporada y en la solidaridad de un equipo que protege. Pero esa ficción puede quebrarse de golpe cuando una situación inesperada se impone por la espalda y destruye, con brutalidad, la idea misma de que el juego es solo juego.
Nadie y en ningún lugar está asegurado contra un accidente. La dificultad para entender el azar a veces conduce a buscar responsables, y cuesta aceptar que una desgracia de esta magnitud no tenga un responsable identificable. Un choque entre quien busca el balón y quien, al prever el impacto, intenta defenderse forma parte de la imprevisibilidad del fútbol. Es una acción urgente e inocente, pero sus consecuencias pueden tornarse trágicas. La vida está llena de esos desenlaces; el fútbol, en cambio, nos hace creer que no. Por eso el desconcierto se instala con fuerza: no busquemos culpables. Para tanto dolor, basta una víctima.
Hay lugares que se atraviesan sin dejar huella y otros que se quedan dentro y a los que se regresa. Hay algo propio que quedó en Tenerife hace más de treinta años: una identificación con el club y con la isla que mantiene la atención sobre sus alegrías y decepciones. Esa es la fuerza del fútbol, capaz de cruzar destinos y construir vínculos permanentes. Existe un parentesco sentimental que mantiene la conexión y, cuando llega una tragedia, acerca todavía más.
Lo sufrido por Jesús de Miguel amplía ese sentimiento de adhesión. La sensación es la de perder a alguien ligado por una misma identidad. Por eso, el dolor se dirige hacia su familia y hacia el Club Deportivo Tenerife, desde su presidente, mi querido Felipe Miñambres, hasta el último aficionado.
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