
Imagen gracias a: El País (América)
La lista del Mundial: solo hay lugar para los mejores
Entre 2008 y 2012, España vivió su etapa más dominante, y aun así la selección no es un premio al azar: es el resultado de un proceso largo en el que se van quedando atrás miles de aspirantes hasta quedar 26.
Lo mejor de haber sido exfutbolista es notar cómo, con el paso del tiempo, el anonimato crece fuera de tu círculo. A partir de cierto momento, solo te ubican quienes siguen el fútbol con verdadera obsesión. Y cuando eso sucede, las situaciones pueden volverse curiosas.
Un día, por ejemplo, se acercó un hombre de unos cuarenta y pico años con su hijo. Al ponerse a mi lado, le dijo: “Mira, ¿sabes quién es?”. El chico negó con la cabeza, como si quisiera escapar de lo que parecía un intento de presentarlo con un conocido de su padre. Entonces el hombre soltó: “Es Negredo, del Madrí”. Yo respondí con la boca chica: “Granero”. “Eso, Granero”, insistió él. A partir de ahí, el padre fue construyendo una explicación inflada sobre mi carrera para que el chico accediera a posar. “Este también es un buen pelotero, como tú”, remató.
Mientras la foto se preparaba, el hombre todavía intentaba desbloquear el teléfono. En ese momento vi que dos mujeres se acercaban atraídas por la escena. Cuando llegaron, el móvil quedó enfocando por fin. Sonreí a la cámara y ellas, al ver que no podía contestar, me preguntaron: “Perdona, ¿quién eres?”. Contesté con la verdad: “Nadie, nadie”. Sin embargo, el padre del chico decidió asumir el papel de portavoz y hablar de mí como si fuera su representante. Aún no había terminado la foto cuando se lanzó con una historia que aseguraba que jugué con Zidane. No lo discutí.
El giro llegó con una pregunta directa: “¿Tú fuiste a la selección, verdad?”. El hijo y las dos mujeres me miraron fijamente. “No, no, no llegué a ir, qué va”, respondí. Las expresiones de decepción fueron inmediatas. Por empatía, incluso pensé en decir que fui a la sub21, pero me mordí la lengua: no habría podido con la situación. Me inventé otra excusa, no mucho mejor: “Bueno, es que ahí estaban los mejores: Alonso, Iniesta, Cesc, Silva, Busquets, Xavi…”.
Aun así, a las dos mujeres les dio igual y pidieron la foto por si acaso. El padre, ya metido en confianza, quiso iniciar una tertulia futbolera y empezó a preguntar por Mourinho. Yo di dos pasos laterales que me colocaron en posición de huida: “Perdona, pero es que llego tarde al médico”.
En realidad, mi única oportunidad de ir a la selección coincidió con la época gloriosa del fútbol español. Entre 2008 y 2012, cuando yo estaba en plena forma, España ganó dos Eurocopas y un Mundial con una superioridad aplastante y un estilo brillante. Con perspectiva, nadie razonable habría tomado un nombre de aquellas listas para incluir el mío.
Si se mira el Mundial actual, la dimensión del proceso impresiona: en torno a 15 generaciones compiten desde niños por ser seleccionados. Eso equivaldría a más de dos millones de niños, los que empezaron a jugar en el equipo del barrio con ocho o nueve años, los que estuvieron en la línea de salida. Si no me corrige Kiko Llaneras, la probabilidad de ser seleccionado ronda uno entre 100.000, tan difícil como ganar el Gordo de Navidad con un número en el bolsillo.
Pero, a diferencia de una lotería, la selección no depende del azar. Los chicos son evaluados mientras crecen, a diario, en una criba exigente. Con el tiempo, los corredores se van quedando atrás: tropezados, asfixiados o descartados. Algunos desde muy pronto; otros, como yo en 2010, a pocos metros de la meta. Hasta que solo quedan 26.
Con esa lógica, hay que aceptar una conclusión: todos los chicos de la lista del Mundial son, por necesidad, extremadamente buenos. No existe manera de fingir la excelencia durante tanto tiempo. No cabe la mediocridad ni la suerte. Son, simplemente, los mejores.
Y lo siguen siendo incluso cuando fallan: cuando pifian un pase a tres metros, pierden la marca, fallan un penalti o empatan con Cabo Verde. Conviene no olvidarlo.
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