
Imagen gracias a: El País (América)
Los disturbios después de la victoria del PSG elevan la preocupación por la violencia y la fractura social en Francia
Tras la final de la Champions, los detenidos aumentaron un 45% respecto al año anterior. El patrón recuerda a otras celebraciones multitudinarias como el 14 de julio o Nochevieja.
París amaneció este lunes sin señales visibles de la guerrilla urbana que afectó a sus calles tras la victoria del Paris Saint-Germain (PSG) en la final de la Champions League, disputada el sábado por la noche. Aunque los daños ya no se observan en aceras y callejones, el foco se trasladó a los pasillos de los ministerios y a los análisis urgentes, en un proceso donde ya se busca explicar las causas y definir responsabilidades.
La violencia, que crece cada año, se convirtió en tema de debate nacional. El Ejecutivo, la policía y la población ya habían sido advertidos por lo ocurrido el año pasado, y gran parte del país coincide en que el fenómeno va más allá del fútbol y se vincula con una fractura social, además del fracaso del modelo educativo.
El ministro del Interior, Laurent Nuñez, presentó la primera valoración global durante la mañana del lunes. Según su balance, el trabajo policial se tradujo en más de 890 personas detenidas durante los incidentes, lo que representa un incremento del 45% frente al año anterior, cuando el PSG también ganó la Champions. En paralelo, 178 miembros de las fuerzas del orden resultaron heridos.
En el último registro difundido el domingo se indicaba que 219 personas habían resultado heridas en toda Francia, con ocho en estado grave. También se reportaron dos muertos: uno de ellos después de saltar al Sena en plena euforia por las celebraciones, y el cadáver fue recuperado el domingo.
Nuñez defendió la actuación policial, pero no despejó la pregunta central sobre el origen de la violencia. “Mi trabajo consiste en poner fin a estos actos violentos. Si ha habido tantas detenciones es porque ese trabajo se ha realizado correctamente. La cuestión es saber por qué estos jóvenes vienen a destrozar [la ciudad]”, añadió, calificándolos de “delincuentes”.
Sébastien Roché, criminólogo experto en violencia y autor de La police contre la rue (Grasset), sostuvo que “gestionar multitudes es, necesariamente, una tarea compleja”. Aun así, remarcó que las responsabilidades son compartidas y rechazó una visión maniquea entre “buenos” (policías y su ministro) y “malos” (quienes están en la calle). Para Roché, se trata tanto de medios como de cultura y de estrategia policial.
El criminólogo aportó datos desde 1998 y recordó que el aumento gradual del despliegue policial —con más efectivos en cada celebración— no resolvió el problema. En su lectura, la evolución ha generado un antagonismo creciente. “Esta estrategia policial de tensión se combina con un comportamiento oportunista por parte de los delincuentes, como muestran los saqueos, el vandalismo, los daños materiales e incluso la ocupación de la circunvalación [de París]. Si ocurre lo mismo que en ocasiones anteriores, las personas detenidas no suelen tener antecedentes penales. Por tanto, parece tratarse más de una dinámica que genera los disturbios que de un perfil propiamente delincuencial. Los participantes se ven arrastrados por una lógica colectiva en cuya configuración la propia policía también desempeña un papel”, apuntó.
Roché y el resto del debate nacional refuerzan la idea de que los disturbios no corresponden a un fenómeno exclusivamente ligado al fútbol. Como se explicó el año pasado, los ultras del PSG se encontraban esa noche fuera de París; esta vez, en Budapest, donde se celebraba la final. Además, muchas de las personas que provocaron incidentes ni siquiera vieron el partido. Ese contexto, según el análisis recogido en Francia, alimenta el discurso racista islamófobo de la ultraderecha radical de partidos como ¡Reconquista!, de Éric Zemmour, que llegó a afirmar: “Es el desbordamiento de la juventud árabe-musulmana que vino a conquistar la ciudad”.
El PSG, por su perfil sociológico, mantiene un vínculo particular entre la periferia de la gran metrópolis de París y el centro, e incluso con barrios más acomodados donde está su estadio. En general, las victorias futbolísticas no provocan en Francia un impacto de este tipo: el Lens, por ejemplo, ganó hace una semana la Copa y no se registró un solo destrozo. La violencia tras el triunfo del PSG se asemeja más a los disturbios habituales de Nochevieja o el 14 de julio, cuando se celebra la fiesta nacional.
Ante las críticas, el Ministerio del Interior había preparado un dispositivo amplio: unos 22.000 policías y gendarmes. Nuñez insistió en que la cuestión no debía enfocarse en la supuesta falta de solidez del despliegue, y aseguró que sí funcionó en buena parte: “¿Es realmente la solidez del dispositivo policial lo que debe cuestionarse? La causa profunda es que, aprovechando estos momentos festivos, un cierto número de personas acuden para saquear y destrozar: esa es la realidad. No ha sido por falta de advertencias: teníamos un amplio dispositivo que ha funcionado, dado que hemos detenido a muchísimas personas y evitado numerosos saqueos, aunque algunos sí se produjeron y los lamento”.
En el clima político del país, la preocupación se intensifica por la cercanía de unas elecciones cruciales que podrían llevar a la ultraderecha al Palacio del Elíseo. Se comparan los hechos con la celebración de la Copa del Mundo levantada en 1998, aunque entonces también hubo muchos detenidos y un muerto. El historiador y especialista en inmigración Yvan Gastaut describió el problema como algo que supera el fútbol: “El problema ya va más allá del fútbol. Y es algo cada vez más particular de Francia. Hay una cierta esquizofrenia, se celebra y se revientan las cosas. Una fiesta termina siendo algo inquietante y aterroriza a la población. Y lo peor es que empieza a ser previsible, empieza a inquietar que haya motivos para celebrar algo”.
El análisis del contexto social también incluye datos sobre homicidios en Francia. Entre 2005 y 2024 se observaron fluctuaciones: en 2005 la tasa era de 1,58 por cada 100.000 habitantes, bajando a 1,05 en 2020. Sin embargo, en 2024 se registraron 1.186 homicidios, un 28% más que en 2016. Ese incremento sitúa a Francia con una de las tasas más altas de la UE, por encima de la mayoría de grandes países, aunque sigue siendo mucho más baja que en 1998.
Desde 2019, el país también ha visto un aumento de las agresiones físicas, con un crecimiento cercano al 30% hasta 2024. De acuerdo con el Ministerio del Interior, en la actualidad se producen cerca de 1.000 agresiones diarias, una cifra que contempla únicamente los casos denunciados oficialmente. Además, se ha intensificado la llamada “violencia expresiva”, desarrollada colectivamente por jóvenes que por lo general viven en barrios periféricos y que en los últimos años se ha agravado con el uso de explosivos y pirotecnia.
Una de las explicaciones más extendidas vincula el incremento con la fractura social: la percepción de que ya no existe posibilidad de prosperar en Francia y de que el ascensor social impulsado por la educación pública, de alta calidad e igualitaria, se ha desvanecido. En consecuencia, las periferias resienten esa dinámica, y las grandes celebraciones se convierten en momentos para tomar por la fuerza el centro de metrópolis que, según este enfoque, han dejado de pertenecer a los habitantes de la periferia.
Muchos de estos episodios comenzaron en 2005, en un otoño de extrema violencia en la banlieue parisina, con 28.000 coches quemados, 4.700 detenidos y 400 condenados a prisión, tras la muerte de Ziad y Banou (15 y 17 años) al esconderse en un transformador eléctrico mientras eran perseguidos por la policía, que los confundió con delincuentes. Desde entonces, en esos barrios la policía no se percibe como un símbolo de protección, sino como una amenaza cuyo temor se transmite de forma hereditaria.
Gastaut resumió esta lectura al señalar que no se puede reducir el problema únicamente a inmigración y banlieue, como hace la ultraderecha, pero insistió en que 2005 hizo visible a una nueva generación de jóvenes con desencanto hacia Francia. “Es el fracaso de la escuela, de la educación de los padres. Y esto accentúa la decadencia del país. Crea inquietud y frustración. Y el fruto de todo esto será la llegada de la ultraderecha al poder”, vaticinó.
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