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El declive del fútbol guayaquileño: del brillo continental a la lucha por sobrevivir
Mientras Independiente del Valle y Liga de Quito avanzan a los cuartos de final de la Copa Libertadores, Barcelona y Emelec atraviesan un presente muy distinto al que alguna vez llevó a Guayaquil a liderar el fútbol ecuatoriano.
Mario Vargas Llosa, escritor peruano y premio nobel de literatura, abre Conversación en La Catedral (1969) con una frase que se volvió referencia en el debate sobre el deterioro de un país: “Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”.
En el deporte, la pregunta toma forma con otra geografía: ¿en qué momento se jodió el deporte guayaquileño y, en particular, aquel fútbol que alguna vez fue victorioso y respetado en todo el continente? La actualidad hace que la reflexión sea inevitable.
Como señal de esperanza para el fútbol ecuatoriano, Independiente del Valle y Liga de Quito lograron meterse en los cuartos de final de la Copa Libertadores. Liga se medirá con Palmeiras e Independiente con Flamengo, nombres que vuelven a imponer respeto en el escenario continental.
Pero, ¿qué ocurre con Guayaquil?
Los dos clubes que en su momento representaron la grandeza del balompié porteño ya no apuntan a enfrentar a Palmeiras, Flamengo, River Plate, Boca Juniors o Independiente de Avellaneda. Su competencia cotidiana es contra Mushuc Runa, Libertad de Loja, Guayaquil City, Macará o Leones de Atuntaqui, un reflejo de lo que queda tras una caída prolongada.
Han pasado 36 años desde aquella Copa Libertadores en la que Barcelona y Emelec llegaron simultáneamente a los cuartos de final. Fue la primera ocasión en que dos clubes ecuatorianos estuvieron juntos entre los ocho mejores de América. El reglamento de aquel momento obligaba a que los equipos del mismo país se enfrentaran entre sí. El primer duelo terminó 0-0 y Emelec fue local en el estadio Modelo el 22 de agosto de 1990. Una semana después, en el Monumental, un gol de Manuel Uquillas llevó a Barcelona a las semifinales, donde derrotó a River Plate y alcanzó la final ante Olimpia. En esa definición existía un vínculo entre autoridades: el presidente de Olimpia era compatriota del titular de la Conmebol. Hasta hoy persiste la sospecha de que el dirigente paraguayo influyó en el desenlace a través del arbitraje del argentino Juan Carlos Loustau.
Esa historia pertenece al pasado. La actualidad, en cambio, resulta mucho más desalentadora. Barcelona ocupa el sexto lugar de la Liga Pro 2026, condicionado por un cupo para el hexagonal final que puede perderse, y además con Libertad como amenaza. El rendimiento del plantel no genera entusiasmo y el club atraviesa un momento que contrasta con épocas en las que se disputaban boletos para ver a futbolistas como Víctor Ephanor o Toninho Vieira. Para completar el panorama, Barcelona incorporó como “refuerzo” a Damián Díaz, de 40 años, quien también aparece entre los principales acreedores del club, una situación que el texto describe como una “vacuna futbolística”.
Emelec, por su parte, vive una situación más compleja. Está duodécimo en el “torneo nacional”, una chapuza que lo coloca cerca de la zona peligrosa por la permanencia. Sus seguidores más persistentes aún recuerdan el cuadrangular por la Copa Sudamericana, aunque el equipo se encuentra en un escenario que exige reacción.
Para intentar encontrar una salida en medio del mal momento, el DT argentino Ezequiel Medrán llegó al equipo procedente de Colón de Santa Fe. El propio relato subraya que su experiencia ha sido principalmente en el ascenso de su país, y que esta será su primera oportunidad en un equipo de primera división que, según el texto, parece de segunda.
De ahí vuelve la pregunta: ¿en qué momento se jodió el fútbol guayaquileño?
La ciudad no siempre estuvo así. Desde el primer certamen disputado en Guayaquil, en 1908, el fútbol local sostuvo el liderazgo del balompié ecuatoriano. Los campeonatos federativos, iniciados en 1922, despertaban un interés enorme, que se multiplicó con la llegada del profesionalismo en 1950.
Quienes vivieron esas décadas recuerdan con claridad los torneos de los cincuenta y los sesenta. La mayoría de los clubes contaba con divisiones menores, de las que salieron generaciones destacadas: José Vicente Balseca, Marcos y Alberto Spencer, Isidro Matute, Daniel Pinto, Gerardo Layedra, Alfredo Bonnard, Hugo Mejía, Raúl Argüello, Pablo Ansaldo, Fausto Montalván, Galo Solís, Jorge y Enrique Cantos, Guido Andrade, Sigifredo Chuchuca, Honorato Gonzabay, Carlos Serrado, Julio Caisaguano, Jaime Galarza, Simón y Clímaco Cañarte, Jorge Bolaños, Chalo Salcedo, Jaime Ubilla, Júpiter Miranda, Mario Saeteros y un centenar más.
A esa lista se sumaron extranjeros de gran categoría provenientes de clubes de primera división de Argentina y Uruguay: Juan Deleva, portada de El Gráfico en 1947; Eduardo Spandre, Jorge Caruso, Héctor Pedemonte, Eladio Leiss, Luis Alberto Pérez Luz, Atilio Tettamanti, Juan Avelino Pizauri, Rodolfo Salatino, Ángel Ceccardi, Hortensio Patrullero González, el inmenso Carlos Alberto Raffo, Américo Castromán y Horacio Tanque Romero. Más tarde llegaron Helio Cruz, Moacir Pinto, campeón mundial en 1958; Henry Magri, Helinho, Tiriza y otros.
En el Capwell y en el Modelo se presentaban Peñarol, Fluminense, Botafogo, con Garrincha y Nilton Santos; Santos de Pelé, Palmeiras, con Djalma Santos; Vasco da Gama, Real Madrid y Alfredo Di Stéfano; Barcelona de España, Atlético de Madrid, Milan, Corinthians, con Roberto Rivelino; Flamengo; Borussia, con Berti Vogts; Dukla de Praga, Rapid de Viena, Sheffield United, Estrella Roja, Benfica de Eusebio y Dynamo de Lev Yashin.
Guayaquil era entonces una plaza futbolística de verdad. Y no todo se reducía al Clásico del Astillero. En los campeonatos de la Asociación de Fútbol del Guayas existían serie de ascenso, preliminar y partido de fondo. Había equipos como Río Guayas, Everest, Patria, 9 de Octubre, Norteamérica, Panamá y Unión Deportiva Valdez. Además, muchos aficionados acudían desde las 14:00 para ver a Estudiantes del Guayas y Chacarita Juniors.
Los miércoles se disputaba el torneo de reservas, descrito como una verdadera cantera de la primera serie. También estaban el ascenso y los certámenes intercantonales. Valdez se nutría de jugadores de la selección de Milagro. Patria incorporó en 1958 a Nelson Áurea, Miguel Bustamante, Enrique Raimondy y Hugo Alcívar, provenientes de la selección de Guayaquil. En 1962 Barcelona obtuvo el pase de Alfonso Quijano, lateral del combinado porteño.
El talento no tenía que buscarse fuera: estaba en Guayaquil y también en los colegios. En 1950, el Vicente Rocafuerte venció por 1-0 al Aguirre Abad en una final inolvidable. El arquero vicentino era Jorge Delgado, de Barcelona; y el aguirrense era Alfredo Bonnard, del Panamá. El gol del triunfo lo anotó Otón Chávez a pase de Jorge Lazo, ambos de Emelec.
El texto resume esa etapa como un tiempo de estructura, competencia y formación, con cantera y cultura deportiva. Y plantea un cierre contundente: ¿qué se hizo con todo aquel mundo fantástico?
La respuesta que plantea el artículo no es inmediata ni puntual: no desapareció de un día para otro, sino que se fue evaporando entre derroches, improvisaciones, irresponsabilidades y latrocinios. La caída se habría consumado mientras los responsables encontraban siempre una explicación para el fracaso y casi nunca una responsabilidad para asumir. Además, el relato sostiene que muchos de quienes contribuyeron a esa ruina hoy transitan con impunidad.
Mientras tanto, Guayaquil mira las ruinas de una grandeza que alguna vez fue suya. Por eso, la pregunta de Vargas Llosa mantiene vigencia, aunque cambie de ciudad y de camiseta: “¿En qué momento se jodió el fútbol guayaquileño?”. Quizá no exista una fecha; quizá fueron todos los días en que se dejó de cuidar aquello que había costado décadas construir.
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