
Imagen gracias a: El País (América)
España celebra tras un triunfo agónico apagando la voz belga
En plazas y templos de Madrid, la afición española vivió la eliminatoria con fe y nervios hasta que el gol de Fabián Ruiz abrió la cuenta y Mikel Merino selló el 2-1 frente a Bélgica.
La rendición de Breda de Diego Velázquez permanece monumental en el Museo del Prado: quieta, inquietante y muda desde hace más de 200 años en las paredes del museo. En la sala, el ambiente discreto parece ajeno al cuartos de final. Poco después, un argentino con la albiceleste del D10S Messi anudada a la cintura recorre el lugar con confianza. Al final, su optimismo se transforma en certeza: “Nos vemos en la final”.
La misma idea de fe se traslada a la Basílica de Jesús de Medinaceli, en Madrid, donde hay camisetas de la selección española y un flujo constante de personas. La mayoría sube hasta el cristo protegido por un ciborio, le besa los pies y pide un deseo. Aun con la afluencia y las camisetas, nadie piensa en España. Un parroquiano resume la creencia: “Dicen que de cada tres deseos te otorga uno”. En el lugar, el deseo se centra en lo esencial: amor, salud, dinero o que desaparezca la soledad.
En las calles, las despedidas entre amigos se reducen a un “nos vemos y que gane Españita”. El Mundial se siente en el asfalto incluso para quienes pasan de largo. En Lavapiés, la calle se transforma en un escenario improvisado: un dueño de tres bares indios ha colocado una bandera rojigualda en cada árbol de su zona, ha extendido otras dos en las puertas de los negocios y ha dispuesto grandes pantallas para que la terraza y los camareros sigan el partido. En los momentos de decaimiento, el personal del bar se convierte en un impulso colectivo, como si fueran cheerleaders. Entre los clientes hay dos camisetas españolas, una mexicana, la mayoría de neutrales y mucho inglés.
Cerca de las 21.00, cuando comienza el partido, varios niños prefieren el balón a la pantalla en Plaza Lavapiés. Los pelotazos y los gritos del juego compiten con los aplausos lejanos que celebran el pitido inicial. En un bar cercano, la afluencia es tal que, por primera vez en años en Madrid, se permite estar sin consumir. Camareros con la indumentaria del bar aledaño, paseantes, turistas y un vendedor callejero de rosas buscan el ángulo donde ver el televisor. La atención colectiva, más que la tecnología, es la verdadera magia del fútbol.
El gol de Fabián Ruiz, el primero de la Selección, desencadena una reacción típica: primero la efervescencia y luego el comentario que marca el contexto del esfuerzo para marcar. La celebración se vuelve más retranca. Con el empate de De Ketelaere llega el silencio. Poco después, aparecen las risas nerviosas ante un centro de Álex Baena que se pierde por el campo, y en el bar un hombre llega a tirar su cerveza por la barra. La inquietud se instala sin disimulo.
Con el paso de los minutos, los movimientos del camarero del bar de al lado se vuelven más frecuentes: manos en los bolsillos, gesto cada vez más preocupado. “Está complicado”, afirma en el 70 con el gesto torcido. El silencio nervioso se mantiene hasta el 88, cuando Mikel Merino aparece como salvador para colocar el 2-1. Es un gol celebrado con alivio, atribuido a la “señal” de los vecinos de arriba, que tendrían una mejor recepción que la del bar. Tras el tanto, el camarero regresa a su local con tres golpes secos al aire con el puño. Incluso el paso del camión de la basura se vive como parte de la celebración: “¡Mucho España!”, suelta el mozo a la corrida, despertando el júbilo del bar.
En el ambiente, la camiseta belga homenajeando el cuadro de Magritte, La voz del espacio, se queda sin tiempo. Perder es un pañuelo, ganar una ilusión. El truco es no dejar de creer, y en esa noche España cree más que nunca.
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