Mataró y Eibar se vuelcan con Lamine y Oyarzabal: la afición celebra la victoria de España

Imagen gracias a: El País (América)

Mataró y Eibar se vuelcan con Lamine y Oyarzabal: la afición celebra la victoria de España

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Rocafonda y miles de personas en la plaza de Colón, además del Fòrum de Barcelona y Eibar, arropan al héroe Oyarzabal y festejan el gol de Ferran Torres con un ambiente marcado por el orgullo local.

Antes incluso de que arrancara el Mundial, el domingo de junio quedaba marcado por dos pulsos: el ambiente de las peñas vaticanas y la expectación por los conciertos multitudinarios de Bad Bunny. Entre el fervor blanco y dorado y las conversaciones de las terrazas, se vivía una mezcla de fútbol y celebración popular. En una mesa, un hombre mostraba a su novia el álbum de cromos del Campeonato del Mundo; recordaba que la última vez que lo hizo fue en 2010, cuando tenía 11 años, y que repetir ahora era como “volver a ser niño”, sin imaginar todavía una España en la final de Nueva York.

El Mundial, entendido como la intensificación de esa idea de recuperar la infancia, se convierte en una fábrica de recuerdos. Quienes rememoran finales anteriores describen cómo se vivieron: la de 2010 en Villaviciosa, en casa de la cuñada, con ensaladilla rusa; otra en Denia con amigos con los que luego se pierde el contacto; o el recuerdo de la lluvia de cerveza asociada al gol de Iniesta, los cláxones y la sensación de no querer marcharse cuando la luz comenzaba a apagarse. También aparece una imagen guardada durante años, donde un abrazo a Nelson en plena celebración se mantiene en la casa pese a la distancia con el amigo. Incluso hay quien se aferró a ese objetivo personal, como quien esperaba ver la final más acompañado mientras escribía el proyecto final de carrera de ingeniería.

Con la final ya disputada, el clima festivo se reflejó en distintos puntos. En la plaza de Colón, donde miles de personas siguieron el partido en dos pantallas gigantes, los ánimos fueron creciendo y el desarrollo del encuentro se vivió con tensión y euforia. La afición celebró especialmente la amarilla a Enzo Fernández y, a medida que avanzó el partido, el ambiente se transformó con el gol de Ferran Torres. Camisetas fuera, abrazos con desconocidos, bengalas y cohetes acompañaron la reacción colectiva hasta culminar en una celebración sostenida.

Horas antes del partido, Lamine Yamal había publicado en Instagram “Por ti y por la calle”, acompañando la imagen de su etapa infantil con la chaqueta del CF La Torreta, su primer club, y también el de su Rocafonda natal en Mataró. En la final, el barrio respondió con una marea roja de 10.000 personas, con aforo completo, que llenó el Parc Central. La grada vibró con la selección, sufrió hasta el final y enloqueció con el gol de Ferran, que tiñó todo de humo rojo y un cántico: “¡Sí se puede!”.

En Rocafonda, la presencia fue mayoritariamente joven, con los más pequeños ocupando la primera fila. En la plaça d’Anselm Turmeda, donde un grafiti homenajea al futbolista, muchos asistentes reconocían haber compartido alguna pachanga con Lamine. Los aficionados le dedicaron tributos con su dorsal y con ruido, y celebraron cada intervención en pantalla. Cuando la retransmisión mencionó el barrio, una niña gritó: “¡Ha dicho Rocafonda!”. Entre el ambiente de España también aparecieron algunos seguidores de Argentina y más de un aficionado del Barça con el “corazón dividido”, mostrando una camiseta de Lamine atada a un brazo y la de Messi al otro. En Mataró, la conclusión fue clara: con el triunfo, gana Lamine.

A menos de 30 kilómetros, en Barcelona, miles de aficionados se reunieron desde primera hora de la tarde frente a una pantalla gigante instalada en el Fòrum. Entre la mayoría de camisetas rojas destacaron las de Yamal, aunque también abundaron las del Barça con el nombre de Iniesta como guiño al 2010. Jan Costello se mostró convencido de un resultado favorable y apuntó: “Ganamos 3-1”. Begoña, por su parte, resumió la sensación con alivio, comentando que esperaba un escenario peor y que, tras el desarrollo inicial, la situación se había dado “bien”, aunque insistía en que había que mantener el ritmo. Con el tanto de la victoria, la multitud celebró como si el triunfo estuviera a un paso del Mediterráneo.

En Eibar, la celebración también se vivió con fuerza. Al norte, cerca del Cantábrico, el himno español sonó por la megafonía sin despertar gran entusiasmo inicial, pero la afición fue creciendo. Más de un millar siguió la final en una pantalla gigante y el entusiasmo acabó transformando la plaza Unzaga en una tribuna futbolera. Allí, el pueblo se volcó con Oyarzabal, considerado ídolo local. El ambiente se dirigió constantemente al 21 de la selección: un disparo de Oyarzabal antes del descanso provocó un “¡uyyy!” general y, cuando llegó su sustitución, se hizo silencio.

En plena fiesta, un niño de origen africano con la camiseta de Senegal soltó: “¡España txapeldun!”. La victoria favoreció a las camisolas de España y, dentro de ese marco, la figura de Oyarzabal compitió en protagonismo con la de Lamine. También hubo quienes prefirieron vestir la verde de la selección vasca: medio centenar de independentistas desplegaron una pancarta reivindicando la oficialidad de Euskadi. Antes habían manchado las paredes con mensajes como “Puta España” y “Puta selección” y después quemaron una enseña española. Aun así, el foco principal siguió siendo el fútbol.

En el bar Buenos Aires, la gente se mostró alineada con España y Oyarzabal. En otra esquina, Jon Alonso, dentro de una cuadrilla de amigos, destacó que varios habían viajado a EE UU y que un grupo de unas 15 personas presenció el partido en un “sitio secreto” del pueblo, lejos de la fiesta al aire libre. A Oyarzabal le habían enviado un wasap para transmitirle “mucho ánimo” con el mensaje: “Pase lo que pase, eres nuestro campeón”, recordando que se lo decían como héroe de la Eurocopa 2024.

El momento decisivo llegó con el éxtasis por el tanto de Ferran Torres. En ese instante, Seydou, de 10 años, dejó el patinete, levantó los brazos y gritó: “¡Euskadi txapeldun!”.

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