España y Argentina: lealtad, identidad y una final que define el corazón

Imagen gracias a: El País (América)

España y Argentina: lealtad, identidad y una final que define el corazón

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El fútbol obliga a explicar quiénes somos. España muestra un proyecto construido con convicciones colectivas, mientras Argentina refleja una pasión nacida en los clubes barriales y convertida en rabia competitiva.

En el fútbol cabe la vida, con tantas formas de sentirlo como maneras de vivir. Las selecciones de España y Argentina representan una búsqueda colectiva que merece reconocimiento, porque una final de Copa del Mundo se parece a un puerto de llegada. Ambas saben quiénes son y qué buscan, aunque en la meta solo habrá un ganador. Esa es la parte apasionante del desafío.

El fútbol no se limita a pedir una opinión: a veces exige explicar la propia identidad. En ese sentido, España y Argentina colocan al autor frente a una obligación interior. Hay partidos que se juegan en el césped, pero también dentro de uno mismo. Más que una confrontación externa, se anticipa una batalla personal entre memoria y gratitud.

De España, el texto destaca la construcción de un estilo que el tiempo convirtió en escuela. El equipo llegó a la final de la Copa del Mundo en la misma semana en que fue campeón de Europa sub 19 en hombres y en mujeres. Se trata de un proceso que viene de atrás y que apunta lejos.

El fútbol contemporáneo empuja hacia una práctica cada vez más atlética, con la lucha por los espacios y el protagonismo individual por encima de la idea de conjunto. Sin embargo, España mide a sus jugadores por el tamaño del talento y no encuentra un espacio más relevante que la circunferencia del balón. Además, juega todos para todos. Esas convicciones le permiten gobernar los partidos de una manera incluso amable.

También se subraya que rivales de España se han arrepentido de salir a correr detrás de la pelota sin agarrarla. Mientras se juegue con una sola, no parece un mal plan. Aun así, se menciona que España es subestimada pese a acumular 38 partidos sin perder, competir como soldados y jugar con una idea que se describe como casi angelical. En ese proyecto aparece el papel de De la Fuente, campeón de Europa sub 19 en 2015 y sub 21 en 2019 con gran parte de la actual plantilla, por lo que la final se interpreta como consecuencia de un trabajo sostenido, y no como una casualidad.

Cuanto más se admira esa España, más difícil resulta explicar por qué el autor sigue sufriendo con Argentina. No le resulta sencillo escribir estas líneas porque al sentimiento le cuesta hablar y encontrar palabras. Aun así, sostiene que el esfuerzo puede ayudar a entender cómo actúa el fútbol sobre la identidad.

Argentina, en el texto, se presenta como producto de un país que hizo del deporte una expresión plena de su manera de ser. Se mencionan más de 12.000 clubes sociales en Argentina, repartidos por cada barrio y cada pueblo. Esos espacios son mucho más que puntos de encuentro entre personas de distinta procedencia: en general, se afirma que allí, especialmente en clubes que suelen ser polideportivos, se construye comunidad, porque el deporte y, en particular, el fútbol integran.

En esos clubes se aprende el oficio. El autor habla de un conocimiento popular acumulado por años de amor al fútbol. Los jugadores que hoy defienden la camiseta de la selección juegan en clubes de primer nivel europeo, pero antes pasaron por esa escuela de convivencia donde se recoge, desde la primera infancia, una pasión que, llegado el momento, se transforma en rabia competitiva. Cuando las cosas no salen y los partidos se complican, el fútbol deja de ser un juego para convertirse en una obligación sentimental que representa a quienes lo viven, de modo que nadie se permite resignarse sin enfrentar la acusación de alta traición.

Se plantea que Argentina puede sostener tantos partidos como hagan falta dentro del mismo partido: por esa razón, aun si juegan mal, no defraudan. El fútbol está demasiado ligado a la personalidad como para limitarse a jugarlo; también se grita, se canta y se festeja como si perteneciera. En el texto se resume esa idea con un juego de palabras: como si se fuera dueño de lo que se sostiene.

Las dos selecciones llegan a la final después de victorias que ya forman parte de los clásicos del fútbol. España eliminó a Francia en Semifinales con una exhibición tranquila, como si el fútbol fuera sencillo. Argentina, en cambio, le dio vuelta el resultado a Inglaterra: el partido se describe como comenzado con tensión y terminado a puro fútbol, con Messi como figura central, al punto de señalar que Messi ya es sinónimo de fútbol.

El autor explica su lugar en esta final desde su experiencia: vive en España desde hace cincuenta años, y esa elección se vincula con lo que el fútbol significa. La gratitud hacia España se ubica en el terreno de la razón, pero el fútbol se define como un territorio emocional.

En España cabe su vida adulta: mujer, hijos, amigos y profesión. Para él, España no es un país extranjero, sino el lugar que le permitió construirse y en el que se siente comprometido con su fútbol. En contraste, Argentina es su infancia: su primera camiseta, el idioma con el que aprendió a emocionarse. Ahí ubica los primeros héroes y las voces que enseñaron el juego. También conserva el recuerdo del 86 como una referencia fija en la memoria, y sostiene que el fútbol nunca termina de aceptar sus mudanzas: pide lealtad desde el primer día y no suelta.

Cuando comience el partido, el autor dice que admirará cosas de España que siente como propias, porque también ayudaron a construir su vida. Sin embargo, asegura que sufrirá con Argentina. No por querer más a un país que a otro, sino porque el fútbol suele preguntarle al corazón cuestiones que la razón parecía haber resuelto.

Finalmente, concluye que se pondrá contento si gana Argentina y no se pondrá triste si gana España. Esa es, para él, la forma máxima de vivir el fútbol.

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