Imagen gracias a: El País (América)
Messi suma el Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2026 tras su histórico ciclo con el Barça y el Mundial de Qatar
Lionel Messi acumuló títulos con el Barça, estableció el récord de balones de oro y, hace cuatro años en Qatar, resolvió la espina mundialista. Antes de encarar su sexta Copa del Mundo, incorporó a su carrera el Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2026.
Lionel Messi ganó todo con el Barça, mantiene el récord de balones de oro y, hace cuatro años en Qatar, se quitó la espina mundialista. En vísperas de su sexta Copa del Mundo, sumó a su lista de galardones el Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2026.
Con el paso del tiempo, su figura fue el centro de la conversación deportiva y mediática. Sin embargo, el cambio terminará llegando: los reflectores disminuirán y el público lo nombrará con menos frecuencia, hasta que solo un hecho grande vuelva a ponerlo en el foco. Mientras ese momento se concreta, durante las semanas de Mundial su presencia sigue siendo constante y cualquier movimiento se convierte en tema de conversación.
Un ejemplo fue su viaje con su equipo de Miami, campeón de USA, para ver al presidente Trump en pleno ataque a Irán. En Argentina, la reacción fue dividida: en algunos casos hubo reproches con vehemencia y, en otros, gritos de respaldo con el argumento de que era Messi y podía hacer lo que quisiera. En el debate interno, la grieta también alcanzó el plano futbolístico: el kirchnerismo reivindicó a Maradona y el mileísmo a Messi, con enfrentamientos discursivos en los que Maradona se presentaba como el “sindiós diabólico” y Messi como la representación del orden familiar casi cristiano, argentino de bien.
En ese contexto, el texto plantea la idea de que Lionel Messi es un producto ligado a la Argentina actual. Se recuerda que tuvo que dejar su país a los 12 años para seguir el tratamiento que necesitaba para crecer en el mundo del fútbol. La Argentina, según el relato, no pudo o no quiso dárselo y él se fue construyendo desde la distancia: un migrante que se marcha y al mismo tiempo se queda, armando un espacio propio en la cabeza desde Rosario.
Messi también aparece como el rostro más visible de un fenómeno global. En un mundo que cuestiona a los migrantes, él y sus compañeros de triunfo lo son por haberse ido; y en los países ricos, otros lo son por haberse instalado allí. Se señala el peso del negocio futbolístico y la concentración de la riqueza en pocas ligas, destacando que la mayoría de estrellas no juega en sus países y que las diferencias económicas condicionan el destino de muchos jugadores.
A la vez, se subraya que Messi destacó muy pronto. Se plantea que, en el fútbol, los buenos suelen debutar a sus 20 o 21 años y los extraordinarios a sus 17 o 18, y que con 17 ya generaba una sensación de dominio total. En Barcelona, su valoración se percibía distinta a la de Rosario: cuando jugaba con su selección, en Argentina algunos lo abucheaban por no cantar el himno y por no simular lo innecesario.
El artículo establece un contraste con Diego Armando Maradona. Se afirma que Maradona tuvo una ventaja: fue el primero y se creyó el único. Messi, en cambio, aparece como sucesor, adversario, discípulo y destronador, con comparaciones que nunca se apagaron. En la cancha, ambos se describen como únicos y superiores: Maradona se asocia al drama, al borde del abismo y a la idea de que lo que hacía parecía imposible hasta transformarse en arte. Messi, en contraste, se define como eficacia: logra que lo imposible parezca fácil, como si no tuviera mérito, hasta que se entiende que en realidad era imposible.
También se marca una diferencia fuera del campo: Maradona se retrata como drama incluso en su vida cotidiana, mientras que Messi se presenta como eficacia, el “padre de familia” sensato, inversor seguro, alguien que no rompe platos ni eleva el tono. El texto incluso recoge la versión de que su manera de ejercer poder sería más sutil.
El momento culminante que se menciona es cuando ambos debieron compartir escenario en el Mundial de Sudáfrica 2010, donde Maradona dirigió la selección argentina encabezada por Messi. La paradoja que se plantea es que Maradona necesitaba que Messi consiguiera lo único que le faltaba para destronarlo: una Copa del Mundo. Según el relato, no se logró; fracasaron ambos, o Maradona eligió ese final.
Luego, Messi siguió adelante para confirmar su singularidad. Se recuerda su velocidad en distancias cortas, su capacidad para llevar la pelota como parte de su cuerpo y que, aunque maneja bien el pie derecho, se indica que es claramente zurdo: con esa extremidad extrema logra que la bola haga lo que se le ocurra. Se destaca también un rasgo cuantitativo: ningún jugador de alta competición sostuvo su promedio de 0,79 goles por partido a lo largo de más de 20 años. Esa eficacia, se señala, hacía que pareciera sencillo, pero el texto remarca que nadie lo logró como él.
Se incluye además una referencia a Mbappé. Se menciona que, hace unos días, Mbappé comentó que en un entrenamiento competía en disparos desde el mismo punto con Neymar y varios más del PSG, y que él y el brasileño eran los mejores por convertir seis o siete goles sobre nueve tiros. Tras eso, llega Messi: el relato afirma que hizo nueve veces el mismo gol, “parecía que estaba dando un pase al arco”, todas iguales, y que “no lo podían creer”, porque era otra cosa.
El texto insiste en que las lesiones lo respetaron y que, aunque perdió oportunidades con su selección, siguió ganando ligas españolas y también dinero y fama. En un apartado, se plantea un cálculo personal sobre la influencia de su camiseta: se recuerda que, en un momento, se concluyó que uno de cada 20 chicos menores de 15 años usaba la camiseta del Barça con el 10 de Messi, en copias vietnamitas, y que con unos 300 millones de menores de 15 años habría, en cada momento, 20 millones de “messitos”.
Se afirma que Messi quizá no sepa ese alcance, pero que conoce los privilegios que eso asegura. Se describen los defensores que viven y sufren esa admiración: millones de personas que contestan a quienes atacan su figura. El texto plantea la idea de que, más allá del ídolo, la imagen transmite felicidad y cambio de clase, de vida y de lugar en el mundo.
Luego llega el punto decisivo de su carrera: se sostiene que su recorrido se le acababa y que, de algún modo, acababa mal si faltaba lo que Maradona sí tuvo y lo que Pelé también logró: una Copa del Mundo. Ya se había ido del Barcelona en una especie de rabieta. Se menciona que no tenía sentido que la separación entre el criador y la criatura fuera por dinero, y que a Messi le bastaba con un contrato simbólico por un euro al año y la proclamación de que seguía en ese club que era su casa, lealtad y reconocimiento. El texto sostiene que ese gesto podría haberle reportado millones en marcas, pero que no quiso o no supo y se fue a París y a Miami.
Se remarca que, para la Copa del Mundo de Qatar, se le armó un equipo a su medida. Era su última oportunidad y fue su cumbre: lo ganó pese a todos sus esfuerzos y pese a sus méritos. Se describe el desenlace con dos elementos: el arquero de su equipo estira bien la pierna izquierda en el momento decisivo y, además, un marcador suplente de su equipo pateó un penal con la derecha justo después, en el momento más decisivo aún. Se afirma que, si el joven Montiel le hubiera pegado a esa pelota un pelo más arriba y no la hubiera convertido, la vida de Messi habría sido un gran fracaso: sería bueno, muy bueno, pero nunca campeón mundial.
Con el título, el texto plantea que Messi quedó coronado y tranquilo. A continuación, se indica que ahora lo intentará de nuevo, pero que ciertas frases cambiaron: los jugadores argentinos ya no anuncian que van a ganar la Copa del Mundo; dicen que van a defenderla. Y se afirma que lo harán con Messi, por Messi, para Messi. Se señala que la defensa nunca fue lo suyo, pero que todo es posible todavía. Después, se sostiene, se terminará.
Finalmente, se describe el tramo posterior: durante un tiempo su vida sería una catástrofe, el reposo del guerrero se convertiría en el centro, con días y días con su señora y con sus niños, lejos de los gritos y las adoraciones. Se plantea lo extraño de tener que inventarse a los 40, o de no tener que hacerlo, saber que ya se ha sido, y que nada estará a la altura. Se cierra con la idea de que, aun así, ser Messi es una incógnita: cómo será ser Messi.
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