Imagen gracias a: El País (América)
Tecnología y nutrición impulsan el récord mundial del maratón: del talento al peso del equipamiento
Con el paso de los años, el protagonismo que antes tenía el atleta como figura central de la hazaña fue desplazado por el impacto de las zapatillas y la estrategia de alimentación, con datos que muestran el peso de la innovación en el rendimiento.
Sabastian Sawe llegó a pensar que en Adidas se estaban “tomando el pelo” cuando le tocó recibir las zapatillas que iba a estrenar en Londres: la caja pesaba tan poco que creyó que venían vacías. Cada unidad rondaba menos de 100 gramos, con una placa de carbono “intuida” y una espuma descrita como si fuera aire. En esa época, solo Abebe Bikila, el etíope de pies descalzos, había logrado una marca mundial con un enfoque radical. En 1960 ganó el oro olímpico y, corriendo descalzo, dejó el récord del mundo en 2h 15m 16s tras una carrera que transcurrió por piedras y por los sanpietrini de Roma.
Durante la era de las leyendas, el rendimiento parecía quedar determinado sobre todo por el talento, la capacidad de sufrimiento y la dureza mental. El interés que despertaba el “factor humano” dominaba la narrativa sobre corredores capaces de sostener velocidad durante tanto tiempo, con historias que dejaban asombrados a quienes leían sobre la vida de esos héroes.
Casi siete décadas después, el avance tecnológico y el conocimiento científico han cambiado el enfoque. El desarrollo de la investigación sobre el metabolismo, la nutrición y la tecnología aplicada al calzado ha pasado a ocupar el centro del relato. En el nuevo escenario, las cifras se imponen: las zapatillas utilizadas llegan a pesar 96 gramos cada una, mientras que la ingesta de carbohidratos alcanza 115 gramos por hora. El aporte se realiza mediante botellitas con fructosa-glucosa en una proporción de 1 a 0.8, que los corredores recogen de forma periódica en las mesas de avituallamiento y consumen sorbo a sorbo. Además, el sistema va acompañado por manguitos aerodinámicos protegidos en el brazo, diseñados para acompañar el desplazamiento durante cientos de metros. Para gestionar el esfuerzo, también se contempla el bicarbonato, orientado a tamponar el lactato que se genera al quemar la glucosa en los músculos y permitir su manejo como sustrato energético.
La transformación también se nota en los hábitos. Antes, el corredor tomaba agua, daba un trago, se salpicaba la cabeza y dejaba una parte del líquido sin terminar. Ese modelo ha quedado atrás: ahora el proceso responde a una planificación ligada al rendimiento.
El corredor actual se entiende como un organismo entrenado y altamente preparado, con músculos y aparato digestivo optimizados, es decir, “cañerías” funcionales para un motor capaz de sostener 42.195 metros en 7.170 segundos a 21,185 kilómetros por hora. Ese ritmo se describe como 53 series de 800 metros seguidas sin respiro, equivalentes a 2m 15s por serie, o 105 series de 400m a 1m 8s cada una. Sin carbohidratos en la estrategia y sin el calzado correspondiente, el nivel de exigencia sería una locura incluso para atletas tan destacados como Sabastian Sawe o Yomif Kejelcha.
El maratón, que antes se concebía como una hazaña singular capaz de inspirar a cualquiera, se ha convertido en un escaparate para la industria del running y para los suplementos, sectores que mueven grandes intereses en el deporte. Esa nueva etapa ya había sido anunciada por Nike hace 10 años con las zapatillas con las que corrió y ganó Eliud Kipchoge el oro en los Juegos de Río 2016. Con zapatillas, medallas y récords, se consolidó el personaje de Kipchoge: una figura asociada a la idea de disciplina y a una mezcla de sobriedad, mensajes de autoayuda y filosofía contemplativa, con una sonrisa constante y la combinación de entrenamiento de vanguardia en preparación, calzado y alimentación.
Kipchoge también representó una transición en la forma de entender la “religión del maratón”, continuando una tradición que había recogido de corredores como Sammy Wanjiru, el keniano que murió joven y que desafió las condiciones de Pekín en 2008. En esos Juegos Olímpicos, el etíope Haile Gebrselassie no fue rival directo: renunció a competir por miedo a la contaminación china. Aun así, su forma de conectar con los niños quedó reflejada en su historia, cuando relataba que tenía los codos deformes por llevar libros en el brazo al colegio al que acudía corriendo varios kilómetros desde su casa.
Historias de ese tipo ya no generan el mismo impacto. El contexto ha cambiado. A finales de mayo se celebrarán en Las Vegas los llamados Enhanced Games (Juegos Mejorados), una competición en la que se permitirá el dopaje sistematizado. El objetivo declarado de los organizadores es vender anabolizantes por Internet. Como justificación, sostienen que quieren alcanzar los límites del rendimiento humano pese al uso de sustancias prohibidas, siguiendo la misma senda que el maratón ha recorrido con las zapatillas y los geles.
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