
Imagen gracias a: El Universo
El Mundial de la FIFA: una plataforma global que mezcla deporte, comercio y poder político
Gianni Infantino buscó impulsar una filial con fines comerciales para el Mundial, pero su plan encontró resistencia. La competencia no se privatiza y el certamen continúa como el gran escaparate económico y político del fútbol.
Cuando comienza el Mundial, el planeta suele imaginar que asiste únicamente a un campeonato de fútbol. Esa lectura es incompleta: hace tiempo que el torneo dejó de ser un evento deportivo aislado para convertirse en la mayor feria comercial y política con etiqueta deportiva en la historia de la humanidad.
Ni las caravanas de la Ruta de la Seda, ni las ferias de Champaña, ni los mercados de Alejandría, ni siquiera la sagrada Olimpia, que durante siglos reunía a los griegos alrededor del deporte, lograron concentrar con tal intensidad riqueza, culturas, intereses políticos, tecnología y poder económico. La diferencia está en la escala: mientras aquellas reuniones reunían a decenas de miles de personas, el Mundial moviliza a miles de millones ante las pantallas y a millones en estadios, aeropuertos, hoteles, restaurantes y calles de las sedes.
Durante un mes, el mundo cambia de eje. Las conversaciones en ciudades como Tokio, Buenos Aires, Quito, Lagos, Madrid o Nueva York terminan convergiendo en el mismo tema: el idioma puede variar, pero las emociones siguen un patrón similar. Un gol provoca la misma explosión de alegría en cualquier continente; una eliminación genera el mismo signo de tristeza. En ese contexto, una ecuatoriana fue despedida de una cadena de televisión hispana de Estados Unidos, cuyo mayor porcentaje de audiencia es de origen mexicano, por haber celebrado la caída de la selección azteca ante Inglaterra.
Sin embargo, bajo esa fiesta también opera una lógica menos romántica: el Mundial es el mercado más grande del deporte. La FIFA ya no se limita a administrar un campeonato; se transformó en una de las organizaciones deportivas con mayor capacidad para generar ingresos a escala planetaria.
Con Gianni Infantino al frente, la FIFA alcanzó ingresos récord vinculados a la Copa del Mundo de 2026. Las cifras más recientes sitúan las recaudaciones totales cerca de los 15.000 millones de dólares. De ese total, casi 9.000 millones de dólares provienen directamente del Mundial 2026, incluyendo derechos de televisión, patrocinios, venta de entradas y hospitalidad.
Los rubros principales fueron: derechos de televisión por 3.900 millones de dólares; entradas y paquetes de hospitalidad por más de 3.000 millones de dólares; y patrocinios y acuerdos comerciales por 2.800 millones de dólares.
Como referencia, la edición de Sudáfrica 2010 registró ingresos aproximados de 4.200 millones de dólares; Brasil 2014 generó alrededor de 4.800 millones; Rusia 2018 obtuvo cerca de 6.400 millones; y Qatar 2022 alcanzó aproximadamente 7.500 millones.
El crecimiento se explica por tres elementos: el aumento de 32 a 48 selecciones, el incremento de 64 a 104 partidos y el gran mercado comercial de Norteamérica, que habilitó la venta de derechos de televisión, patrocinios y hospitalidad a precios sin precedentes.
El balón continúa siendo redondo, pero el negocio adquirió dimensiones colosales. Como en las ferias antiguas, el Mundial también funciona como intercambio cultural. En las calles se mezclan idiomas, canciones, gastronomías, costumbres y símbolos nacionales: un aficionado japonés conversa con uno argentino; un marroquí intercambia fotografías con un mexicano; un ecuatoriano comparte una mesa con un escocés. Lo que parecía una competencia deportiva se convierte, en la práctica, en una celebración de la diversidad humana.
Esa dinámica ya existía hace más de 2.000 años en Olimpia con los Juegos Olímpicos. El Mundial heredó ese espíritu y lo multiplicó hasta llevarlo a una escala global.
La diferencia fundamental está en la tecnología. Antes, el viaje hacia Olimpia tomaba semanas; hoy bastan unas horas de vuelo. También cambiaron las formas de conocer el desarrollo del torneo: los resultados dependían de pregoneros, mientras que ahora se reciben en tiempo real desde cualquier rincón del planeta. Además, aquellas ferias finalizaban cuando los comerciantes desmontaban sus puestos; el Mundial, en cambio, permanece activo durante meses en redes sociales, plataformas digitales, documentales y campañas publicitarias.
Por eso, reducirlo a que “el fútbol mueve multitudes” resulta insuficiente. Lo que realmente se mueve es el mundo: el Mundial reúne en un mismo escenario economía, política, cultura, turismo, tecnología, medios de comunicación y deporte. Ningún otro acontecimiento periódico concentra una diversidad tan amplia de intereses.
El torneo sigue vigente y continuará mañana. Nadie más codicioso y ávido de dinero que Infantino, con la vista puesta en un futuro de ingresos acumulados con 64 selecciones y 128 partidos jugados en 45 días. La reforma implica 24 partidos adicionales, lo que se traduce en más venta de entradas, más derechos de televisión, más patrocinio, más turismo y más consumo en las ciudades sede. Cada partido agregado por la FIFA no solo suma minutos de fútbol: también incorpora millones de dólares al mayor mercado itinerante del deporte mundial.
La última gran agitación responde a otra idea de Infantino: su fallida intención de privatizar la Copa del Mundo, es decir, vender el mayor mercado mundial de ingresos y negocios a un grupo de magnates mientras se presenta como el sumo sacerdote del negocio futbolístico. Frente a esa propuesta, la UEFA, entidad que agrupa a los 55 países de Europa, amenazó con no participar en ningún torneo si la FIFA mantenía su plan de privatizar la Copa del Mundo. Ese boicot simbolizó un choque entre dos filosofías: la expansión infinita impulsada por la FIFA, con más selecciones, más partidos, más mercados e ingresos, y la visión de la UEFA, centrada en el patrimonio deportivo y el fútbol como identidad colectiva antes que como producto financiero.
En el fondo, se trata de una disputa con ropaje moderno: la que existe entre el mercader y el ciudadano, entre quien ve un valor económico y quien defiende un valor cultural. Para la UEFA, el Mundial no es una mercancía. La Copa del Mundo no pertenece a una empresa ni a un grupo de inversionistas; pertenece, en esta lectura, a generaciones de futbolistas, aficionados y países que la han construido durante más de un siglo. Por eso sostienen que “el Mundial no está en venta”.
Otro argumento fue el temor a que el dinero privado terminara marcando la agenda del deporte. La UEFA expresó preocupación por que presiones de fondos de inversión o grandes capitales privados no protegieran la tradición del fútbol, sino que buscaran maximizar ganancias mediante más partidos, más torneos, más explotación comercial y decisiones guiadas por rentabilidad en lugar de criterios deportivos. También planteó que nadie posee la “autoridad moral” para vender un patrimonio que debe custodiarse para el futuro.
Con el tiempo, quienes defendían mantener lo poco que queda de transparencia en el negocio más rentable del mundo impusieron, por ahora, su postura. Así, por el momento, Infantino —y también sus seguidores, como Alejandro Domínguez, líder de Conmebol— fue forzado a retroceder en su intención de crear una filial para comercializar el Mundial. La pregunta que queda abierta es si, en el futuro, el fútbol pertenecerá a los pueblos o a los inversionistas.
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