
Imagen gracias a: El País (América)
España y La Roja: el fútbol que une y despierta simpatías de cara a otra final
El gol de Iniesta en Sudáfrica 2010 marcó un punto de inflexión para España y, con el paso del tiempo, la selección ha seguido sumando adhesiones. Más allá de los resultados, influyen el estilo de juego, el mensaje integrador y el impacto social de la camiseta.
El tanto de Iniesta en Sudáfrica 2010 entregó a España su primera estrella mundialista y puso en marcha una ola social alrededor de La Roja. A partir de ese momento, el equipo nacional comenzó a generar una atención que se mantiene hoy, cuando el país vuelve a colocarse con expectación ante otra gran final.
En la sociedad se percibe una adhesión amplia a un plantel que, al mismo tiempo que gana partidos, acumula simpatías. Diversos factores alimentan ese vínculo: los modales del grupo, los discursos mesurados del seleccionador, la imagen de confraternización y, sobre todo, un fútbol que embelesa. También pesa el papel de la camiseta, que contribuye a hacer visible la comunión entre equipo y afición.
Sergio Andrés Cabello, profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja, sostiene que “el fútbol desempeña un papel muy importante como vehículo de identidad colectiva” y añade que esta selección “tiene todos los ingredientes para atraer a la gente” por la presencia de futbolistas catalanes (ocho), vascos (cuatro), andaluces, extremeños y también jugadores de origen migrante, además de algún nacionalizado. El sociólogo vincula esa atracción con un contexto de polarización: “Esto se agradece en un momento de tanta polarización”.
Asier Odriozola y Andoni Markuleta, donostiarras de 18 años, conversaban vestidos con la blanca de España con amigos en el embarcadero del Náutico. Al inicio, comentaron al periodista: “Pon que somos fans de Zubimendi”. Sobre la camiseta, señalaron: “Es muy chula, me gusta”. En San Sebastián no dijeron haber tenido problemas por llevarla: “Nada, nada. Nosotros tampoco nos metemos con los que celebraron en un bar el gol de Bélgica”.
Sin embargo, no todo el ambiente es igual. Un hombre que paseaba este viernes a las 5.30 por La Concha con una camiseta de la selección nacional fue increpado e insultado por un grupo de cinco menores de edad; uno de ellos, identificado e investigado por un delito de lesiones, le propinó un puñetazo en la cara. En Plentzia (Bizkaia), desconocidos colocaron días atrás una pancarta con el texto: “Oyarzabal, Merino, Nico, Unai, Zubimendi. Enemigos del pueblo”.
Estos episodios se recuerdan también desde la Eurocopa 2024. Tras la final, en una calle del municipio vizcaíno de Elorrio, el pueblo natal de la madre del jugador realista, se pintó en euskera “Oyarzabal y Merino, traidores” junto a una esvástica. Se trata, aun así, de hechos puntuales dentro de una normalidad que crece incluso en territorios con menor afinidad al nacionalismo español. La semifinal contra Francia fue seguida por casi tres de cuatro vascos (el 74,2%), mientras que en Cataluña alcanzó el 78,7%. Ese día, las audiencias televisivas llegaron a 14,7 millones de espectadores, de acuerdo con un informe de Barlovento Comunicación. En Euskadi, los datos de afinidad identitaria reflejan una convivencia particular: un 39% declara sentirse vasco y español a partes iguales, y otro 23% afirma sentirse más vasco que español, según el último Sociómetro vasco.
Álex Quiroga, director del Máster de Estudios sobre Nacionalismos de la Universidad Complutense, resume el efecto de las victorias: “No olvidemos que, por encima de todo, las victorias siempre ayudan a unir a la gente”. María Silvestre, catedrática de Sociología de la Universidad de Deusto, lo explica destacando el alcance emocional del fenómeno: “La selección española de fútbol y sus victorias en el Mundial pueden ofrecer espacios puntuales de encuentro y una narrativa común, pero no resuelven las fracturas políticas o identitarias de fondo. Lo que hace es crear momentos en los que personas con sensibilidades muy distintas encuentran un motivo compartido para celebrar. Es una cohesión emocional y circunstancial, más que una cohesión política o ideológica. Es decir, genera una comunidad afectiva temporal alrededor de un acontecimiento deportivo, pero no modifica necesariamente las convicciones o identidades de quienes participan en ella”.
El interés por jugadores como Rodrigo, Lamine, Olmo o Pedri ha llevado a distintos ayuntamientos a promover pantallas gigantes para acompañar el acontecimiento. El Ayuntamiento San Sebastián, gobernado por el PNV, decidió instalar una pantalla gigante en Anoeta este domingo, igual que hizo para la final europea hace dos años. También se prevén pantallas en Vitoria, donde gobiernan los socialistas, y en Pamplona, con alcalde de EH Bildu. La iniciativa se repite en otras ciudades y localidades españolas, sin importar el color político del gobierno municipal. La excepción llega en Bilbao, donde el alcalde, Juan Mari Aburto (PNV), considera que no es una “necesidad social” y recuerda que tampoco se hizo cuando el Athletic jugó las últimas finales de Copa.
La imagen de la selección también se ha convertido en un símbolo de disputas identitarias. Conforme el grupo de De la Fuente acumula victorias, los nacionalistas vascos han insistido en la reivindicación de una selección vasca con reconocimiento oficial y pasaporte para competir en torneos internacionales. Imanol Pradales, lehendakari, lo expresó en vísperas de la semifinal mundialista: “Yo soy de la selección vasca, punto”. En la misma línea se situó Aitor Esteban, presidente de su partido, al no querer dar un pronóstico antes del España-Francia: “No me suscitan simpatía ni la una ni la otra. Hoy y siempre, voy con la selección vasca”.
Para Silvestre, la Roja impulsa “una mayor cohesión social entre quienes comparten una identidad nacional y se sienten representados por esos colores”, aunque advierte que “allí donde esa comunión identitaria no se da, es difícil que el fútbol sea capaz de crearla”. Cabello, por su parte, atribuye una parte del furor al “ciclo muy provechoso en títulos”. Recuerda que los jóvenes han vivido una secuencia que antes era impensable: España ganó una Eurocopa, una Liga de Naciones y ahora una final del Mundial. En ese marco, el sociólogo señala que el equipo favorece “vivir la identidad colectiva como españoles de una manera natural”.
El diseño de la camiseta también ha contribuido, según Cabello, a expandir la imagen del combinado nacional, al calificarlo como “un fenómeno digno de estudio”. No existen datos públicos sobre cuántas camisetas se han vendido para esta ocasión, aunque el portavoz de Adidas explicó que “No hacemos públicas las cifras concretas de ventas de las camisetas de la selección española para el Mundial 2026”, y añadió que las existencias se han agotado.
Quiroga, autor del ensayo Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España, afirma que “los chavales no se sienten ahora intimidados por llevar una camiseta de la selección” y que asociarse con España, “por lo menos en el marco deportivo, ya ha dejado de ser un tabú para muchos”. Cabello completa la idea al señalar que “este mundial nos ha dado una pequeña tregua”, porque se ha demostrado que la gente está cansada de tanto enfrentamiento y se agarra a lo que más les une: el fútbol.
Desde Dallas (EE UU), Dani Garrido, director del programa Carrusel Deportivo de la SER, aporta otra lectura sobre el poder de cohesión de la selección: “La personalidad de De la Fuente es fundamental. Es de una naturalidad extrema, no hay pose, no hay estridencias, protege al futbolista. Y alude mucho al concepto de familia para mostrar cómo quiere que sea su equipo. Por otro lado, la selección ha ganado mucho con la llegada de jugadores como Nico o Lamine porque representan la riqueza multicultural de lo que es España. Es un grupo que no se esconde”.
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