
Imagen gracias a: El País (América)
Francia aparece como el favorito para España
Para España, cargar con el papel de máxima favorita puede convertirse en una condena: al elevar expectativas, cualquier desenlace negativo se amplifica y termina convertido en burla. En ese contexto, el favoritismo recae, de forma clara, en Francia.
Cuando Sancho logró reunir fuerzas para encarar a su amo y reclamar un salario fijo, lo empujó el impulso de su esposa, Teresa Panza, y lo sostuvo un discurso lleno de retórica popular. Entre las frases y proverbios que encadenó en su petición apareció una idea que sostiene que “mientras se gana algo no se pierde nada”.
Sin embargo, esa lógica no terminó de convencer ni a Don Quijote, que como idealista ofrecía poco a cambio, ni al narrador de esta reflexión, que recuerda que el deporte enseña lo contrario: ganar y perder, aunque no sean lo mismo, forman un mismo entramado y se definen entre sí. Una victoria implica, por fuerza, la derrota del rival, pero el punto va más allá. La idea es que nadie puede ganar sin perder, como si ganador y perdedor fueran dos caras inseparables de una moneda que cae de canto.
Por eso, tras el título de 2010, se recuerda que también hubo pérdidas relevantes. Se ganó la Copa del Mundo, pero se perdieron oportunidades y sensaciones asociadas a la primera vez: con el triunfo llegó el fin de la posibilidad de volver a experimentar un subidón inigualable. Además, ganar la Copa cambió el escenario: se perdió el derecho a seguir aceptando márgenes de error y el equipo terminó convertido en favorito.
Esa condición, para España, se presenta como el peor destino posible. La confianza colectiva se instala en la idea de que se puede vencer a cualquiera, que hay que hacerlo, y que la decepción solo puede llegar después de haber logrado que se olviden los momentos malos y lo complejo que resulta todo. Se evoca, incluso, cómo se celebraban pequeñas cosas con naturalidad: una tanda de penaltis a Italia, los cuatro goles del buitre, el disfrute de estar a punto de llegar a cuartos echándole el “muerto” a Clemente, o la tendencia a señalar al árbitro por un codazo o por el gol de Míchel. En ese relato, el gran riesgo fue normalizar lo que no siempre se controla: perder en el contexto de un Mundial de fútbol, mientras el ambiente del torneo se agrandaba sin que se prestara suficiente atención.
En 2010, los jugadores en el campo también ganaron y perdieron. A la prima y a la posibilidad de tatuarse la copa en la pantorrilla se sumaron mejores contratos, pregones regionales, nabos de oro y otros reconocimientos. Pero hubo peaje: se menciona, por ejemplo, el vínculo que crearon los del Madrid y el Barça, que terminó trayendo desconfianza tras observar en ese “colegueo” una debilidad para una guerra doméstica que estaba por desatarse. Incluso Iniesta, que se ganó la gloria eterna y el cariño del mundo honrando a Jarque, perdió de paso el pudor publicitario.
La reflexión también incluye consecuencias personales del entorno: quien lo vio por televisión se atribuye la mejor celebración de su vida, pero se perdieron “las llaves” y una novia; y, en el despecho, se agrega que esa situación se vinculó con un embarazo no deseado provocado por la intensidad de un tipo casado que había perdido los papeles. Se señala, además, que no fue un caso aislado y que las víctimas del baby boom de 2011 probablemente compren el argumento de que se puede perder mientras se gana.
En definitiva, la idea central es que conviene salir a ganar aceptando que habrá peaje y que deben asumirse las consecuencias de cualquier victoria. Para España, ser favorita se describe como una condena: la condición de máximo candidato normalizará lo extraordinario y convertirá en meme una derrota que, más que probable, terminaría llegando. Por eso, en este marco, el favorito es, sin duda, Francia. Y como le respondió Quijote a Sancho, “vale más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga”.
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