
Imagen gracias a: El País (América)
El misterio que siempre rodeó a Messi
El argentino mantuvo durante años un perfil reservado y casi hermético: hablaba poco, se movía más en el campo que fuera de él y, con el paso del tiempo, su figura terminó envuelta en un hechizo difícil de descifrar.
Un directivo del FC Barcelona recordó en una cena que representantes de Òmnium Cultural se acercaron a Guardiola para pedirle que intercediera a fin de que Messi hablara en catalán. La intención era clara: promover la lengua. Les solicitaron al entrenador que el futbolista dijera algunas palabras y que con eso bastaba. Según aquella versión, Guardiola contestó de manera breve: “Mirad, me conformaré si consigo que diga algo, en el idioma que él quiera”.
Messi, en ese sentido, fue siempre un enigma. Hablaba poco; o, más bien, casi nada. No se volcaba en el discurso fuera del terreno de juego: sonreía, miraba hacia el suelo, se acariciaba el pelo y, con los años, también la barba. Dentro de ese silencio podían caber múltiples lecturas. Su forma de expresarse era otra: el balón, el regate corto y práctico, sin adornos. Y quizá por esa combinación, o porque nadie quiso romper el aura que lo rodeaba, nunca se supo con precisión quién era exactamente. Ni siquiera los biógrafos y los periodistas más destacados lograron explicarlo del todo.
Se conocía que vivía en Barcelona, pero solo en el momento en que salía de casa. El resto del tiempo lo mantenía unido a Rosario, como si no hubiera llegado nunca acompañado por su familia. Ese itinerario se remonta a los días previos a su firma de contrato, cuando vivía en el hotel Plaza con su padre y sus hermanos, y antes de cerrar el acuerdo en una servilleta. También se habló de su familia: tres hijos que nacieron de forma consecutiva junto a la playa de Castelldefels; Antonella, a quien se vincula con una presencia constante; y doña Celia, su abuela, a la que le dedicaba un gesto y una mirada al cielo cada vez que el balón golpeaba la red.
Manuel Jabois contó en la radio esta semana que no pudo evitar escribir un día de Messi, el que destrozó desde la banda al Athletic en una final de Copa del Rey. La razón, según su relato, es que el argentino hacía mejores a los cronistas que convertían sus gestas en letras. Y ese efecto ocurría con todo lo que se acercaba a él: Iniesta, Guardiola, Busquets, Neymar, Suárez, Jordi Alba. También el mejor Barça. Cuando Messi entraba en un lugar, ese espacio parecía iluminarse y pasar de ser una simple estancia a convertirse en un palacio soleado. Ese “milagro” también tuvo lugar en una selección a la que, parafraseando al propio argentino, ni siquiera le hubiera alcanzado para pasar la fase de grupos. Aun así, estuvo cerca de levantar dos Copas del Mundo consecutivas.
Messi llegó a encarnar mejor que nadie aquella idea de Roland Barthes sobre la obra y el autor, que defendía la posibilidad de separarlos. En ese marco, importaba poco quién fuera el creador o qué hubiera hecho para construir ese artefacto. No tenía gran relevancia si hablaba, si sufría o si pensaba de una u otra manera sobre temas como el cambio climático. Con el argentino ocurre algo parecido: todo lo contrario a lo que se asociaba con Cristiano, que ese mismo día andaba a trompazos con su selección. A estas alturas, no queda claro quién ha sido exactamente Messi; y quizá por eso siempre puede escribirse lo que se quiera y llenar páginas con adjetivos y metáforas, como él llenó al resto de felicidad.
Despojado ya del peso de la albiceleste, donde pasó de ser un pecho frío y de abandonar la selección por hartazgo a convertirse en el martes en la estrella más rutilante del cielo de Buenos Aires (con permiso de esos horribles drones publicitarios), de Messi quedará sobre todo el recuerdo. Ni la camiseta rosa ni los dribblings sin rival en Miami alcanzarán para alimentar ese misterio. En su silencio, en la biografía que no se abre del todo, se escucharán los goles con la Albiceleste y en el Barça. Una lástima que las lágrimas con las que se le despidió en los despachos, sin permitir que el público se despidiera de él en el estadio, fueran tan distintas de las que se vieron en el Monumental.
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